Marta y Leo son los nombres a los que fielmente responden
las singulares mascotas de “canis familiaris” que comparten el inexorable paso
de tiempo con dos parejas de “homo sapiens” que me honran con su amistad y la
excelencia de sus caldos y manjares que al sentido del gusto agradan. Ellos
–los del género “homo”, claro está- no saben hasta qué punto disfruto siendo
testigo del cariño que se profesan y del exquisito cóctel de compromiso,
intimidad y pasión que se adivina en sus gestos más cercanos, más allá de las
“costumbre” en la que deviene, finamente, lo que los Románticos del siglo XIX
tenían por amor, entre suspiro y suspiro. Bueno, no está tan claro, pensándolo
bien. Y no lo digo por Mª Teresa y Serafín, ni por Cristina y Manolo, que así
se llaman mis amigos, sino por Leo y Marta, que también son aristotélicos
vivientes y animales con aptitudes sociales (algo más peludos, eso sí), aunque
se nos llene la boca antropocéntrica a los humanos al subrayar que la “Madre
Naturaleza” nos ha dotado en exclusividad de razón, lenguaje y de una moralidad
ajena a las bestias. Somos los mejores, los campeones de la manida canción de
Queen, los más listos y los que hablamos como cotorras en este escenario
tragicómico en el que se convierte indefectiblemente el incesante flujo de la
vida.
El
filósofo griego Diógenes de Sinope (412-323 a.C.), fue un original pensador que
se propuso vivir como un perro, ser un hombre perruno que buscaba de día con un
farol un hombre de verdad y que tenía un barril por vivienda. A pesar de mi
insistencia, muchos de mis alumnos piensan que su nombre es únicamente el de un
“síndrome” que se achaca a algunos ancianos que acabarían sus días en el anonimato,
debido a su afán por acumular en sus domicilios objetos de toda
naturaleza, si no fuera por el hedor que desprende, de ordinario, su botín, al
igual que piensan que “María Zambrano” es únicamente el nombre de una estación
de tren, y que nada tiene que ver con la ilustre pensadora de Vélez-Málaga.
Diógenes fue una pieza clave de la escuela de los Cínicos antiguos, quienes se
empeñaron en tirar por la borda todo aquello que nos hace distintos de los
animales con el noble deseo de eliminar las preocupaciones de nuestras vidas.
Ya saben que nos preocupamos por empeñarnos en recrear una y otra vez las
condiciones que nos hicieron infelices en el pasado, o tratar de anticiparnos
al futuro. Si viviéramos como perros, como animales impúdicos armados
únicamente con una moral para andar por casa, con la desfachatez, frescura e
indiferencia de Diógenes, quien no dudaba en masturbarse en el ágora si le
placía, a la vista de las grandes figuras de la política de su época,
estuvieran o no en campaña electoral, ordenando levantar aceras y remozar
edificios de uso público por doquier, seríamos más felices. Pero el cinismo
moderno, el que compiló en 1983 el filósofo Peter Sloderdiijk en su Crítica de
la Razón Cínica, es menos festivo, tiene un toque amargo. G. Benn afirma, al
referirse a nuestro mundo: “ser tonto y tener trabajo, eso es la felicidad”. De
lo que se deduce que ser inteligente y llevar a cabo un objetivo más allá de la
acción productiva en medio de un mar de alienaciones nos convierte en seres
desgraciados.
Marta devora todo lo que se pone ante sus ojos con
aspecto comestible. Es aficionada a los nísperos y a las moras blancas, y al
cariño infinito de sus humanos amigos, que también devora a espuertas. Leo
tiene una mirada irresistible, a la que es muy difícil decir no, pero no por
ello inspira lástima. Utiliza sus patas delanteras como un cálido instrumento
de percusión que masajea las piernas o el cristal de las puertas a una
velocidad de vértigo en busca de una caricia. Sus gestos nos parecen tan
cercanos, que parecen parte del título de una de las obras de Nietzsche,
Humano, demasiado humano, y nos devuelven, como en una figura especular,
nuestra propia imagen animal. Y eso que ni al autor de Así habló Zaratustra ni
a un servidor nos gustan el ladrido mecánico del perro o las genuflexiones de
los camellos, dóciles animales de rebaño. Marta y Leo salen al encuentro de sus
familias humanas como si fueran enamorados, no buscan excusas vanas para dejar
de pasear, parecen beber el viento y el rastro del aire fresco. No dudan, como
Descartes, si hay que echarse o no la siesta, o ponerse a tomar el sol en los
días de invierno. Marta y Leo se estiran, se desperezan, se lanzan a la
carrera, saltan y, sobre todo, juegan. Han desarrollado los mecanismos de la
atención más que Sherlock Holmes, se prestan con deleite al contacto afable de
los humanos, y prefieren un gruñido certero a liarse a mordiscos a diestro y
siniestro. Se muestran impúdicos cuando se recuestan, con las patas abiertas,
sobre sus espaldas, a la sombra de un árbol, sin pensar en el qué dirán ni en
el imperativo categórico de Kant. Derrochan fidelidad al tiempo que su cuerpo
ejecuta una coreografía en la que se mueven todos sus músculos, y escarban,
como metódicos arqueólogos, en busca del hueso escondido, de sus más íntimos
secretos, y no cejan en ello hasta ver su misión cumplida. Y erigen su perruna
y orgullosa efigie, en silencio, cuidándonos, como hacía la mascota de mi hijo,
Tara, recordándonos lo que significa ser humanos, más que humanos.
Rafael Guardiola
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