"Nadie
entre aquí que no sepa geometría" es el lema que, al parecer, hizo grabar
Platón en el frontispicio de su escuela, la famosa Academia de Atenas, lugar
privilegiado para el amor a la sabiduría, en el que se procuraba un
adiestramiento mental capaz de hacer que los hombres pensasen por sí mismos,
siguiendo la luz de la razón. Muchos habrán asociado el tono intimidatorio de
Platón en su particular homenaje a Pitágoras al de la famosa frase de las
películas del Oeste: “yo que tú no lo haría, forastero”, sobre todo, si piensan
que la ciencia matemática no es lo suyo o describe incluso un escenario
terrorífico, es decir, de asco y miedo, del que han intentado huir a lo largo y
ancho del sistema educativo.
Gerardo
se llama el Platón de mi propia biografía. El azar me hizo un regalo
inestimable a los catorce años: poder disfrutar de la magia de las clases de
este singular profesor de matemáticas, natural del madrileño barrio de
Vallecas, que completaba su horario laboral ayudando en la carnicería del
negocio familiar. Enfundado en una bata blanca, sus ojos brillaban intensamente
dentro del marco que perfilaba su cabello rizado y, a veces, encrespado, y la
tiza ejecutaba una coreografía nerviosa entre sus dedos, en comunión algebraica
con los restos de la nicotina. Gerardo me enseñó a pensar con orden y medida,
rasgos que definen lo racional según René Descartes, otro gran matemático y
filósofo, y me sirvió en bandeja el acceso al platónico mundo de las Ideas. Sin
saberlo, Gerardo me señaló con su dedo firme, entre teorema y teorema, el
camino de la “teoría”, el tejido soberbio del encadenamiento de las inferencias
y, en definitiva, mi pasión por el logos, por la filosofía. Asistía embobado a
un espectáculo (tedioso para la mayor parte de mis compañeros) para el que el
profesor no necesitaba alforjas: abría el libro, localizaba el título de algún
epígrafe, cerraba el libro rápidamente y lo dejaba a un lado de la mesa,
condenado al ostracismo y, acto seguido, llenaba la pizarra de demostraciones
matemáticas en las siempre aparecía “épsilon”, una cantidad despreciable (no es
de extrañar que “épsilon” fuese el título que elegimos para nuestra revista
escolar), y amanecía finalmente el ansiado resultado, dotado de los atributos
de universalidad, necesidad y legalidad en un quehacer, a un tiempo, heurístico
y demostrativo. Me gusta hacer filosofía-ficción imaginando al joven Descartes
en el Colegio jesuita de La Flèche con la misma cara de bobo, a juego con sus
poderosas fosas nasales, gozando tanto como un servidor del número, los puntos,
las líneas y los planos. Gerardo hizo que las matemáticas se convirtieran en mi
asignatura preferida y eliminó de un plumazo el miedo y la ansiedad de años
anteriores. Ya no me encontraba a merced de los problemas que se planteaban en
los exámenes: me estudiaba la “teoría”, “lo que nunca entraba en el examen”, y
aprendí a aplicarla a cualquier cuestión que me pudieran plantear, mientras
muchos de mis compañeros se estrujaban las meninges aprendiéndose de memoria
los problemas resueltos en clase, confiando en su reaparición en el crucial
momento del examen. Me sentía poderoso tras mi bautismo en las delicias de la
razón discursiva y de ese limbo ontológico que habitan los números y las figuras
geométricas que ha vivificado un importante elenco de teorías físicas y
cosmológicas, como las que gestara el genial Galileo Galilei o ese funcionario
de una oficina de patentes llamado Albert Einstein. No en vano, la última vez
que vi a mi querido profesor, allá por 1982, me dijo que estaba estudiando
astrofísica y que se había tenido que ocupar definitivamente de la carnicería
familiar, para no perder el contacto con “lo real”. Fue una conversación
apresurada, donde reinaba el afecto más sincero, y se mezclaron el hola y el
adiós en un abrir y cerrar de ojos. Todo en movimiento, como el río en el que
se quería bañar de forma obsesiva Heráclito de Éfeso. Cruzamos las miradas en
plena carrera, en la Ciudad Universitaria de Madrid, en una carga policial tras
la celebración de un acto público multitudinario en favor de la paz, el desarme
y la libertad, y nos detuvimos unos instantes, disfrutando del momento. Lo
suficiente para compartir el amor por el saber, el extraño placer de la teoría
y, pese a ello o gracias a ello, el compromiso político. Gerardo hacía oídos
sordos a mis recomendaciones y corría hacia el lugar infectado por pelotas de
goma y botes de humo, con la esperanza de poder asistir a un concierto de rock
del grupo “Leño”, liderado por el legendario Rosendo. Yo corrí finalmente en
sentido contrario, protegido tal vez por Prokofiev y Shostakovich, con la
cabeza llena de pájaros, sin saber que, con el tiempo, esta carrera, casi tan
famosa como la de Aquiles y la tortuga, me llevaría a compartir mi amor por la
teoría con mis alumnos y alumnas de Churriana.
Rafael
Guardiola
No hay comentarios:
Publicar un comentario